miércoles, 15 de octubre de 2014

La importancia de estar limpios


“Con el que se mantiene limpio te mostrarás limpio.” (SALMO 18:26.)

 
ANTES de que el niño salga de casa, la madre debe comprobar que se ha bañado y que lleva ropa limpia y presentable. ¿Por qué? Por un lado, porque comprende que la higiene contribuye a que crezca sano y, por otro, porque sabe que la gente juzga a los padres por la apariencia de los hijos.


2 Nuestro Padre celestial también desea que sus siervos seamos personas limpias. De hecho, nos promete en la Biblia que se mostrará limpio “con el que se mantiene limpio” (Salmo 18:26).* ¿Por qué insiste Jehová en este punto? En primer lugar, porque nos ama y sabe que es para beneficio nuestro. Y en segundo lugar, porque la imagen que damos sus Testigos lleva a que la gente se forme una impresión de él. Sin duda, nosotros no queremos deshonrar a Dios ni a su santo nombre. Queremos glorificarlos. Y por eso debemos mantener impecables tanto nuestro aspecto como nuestra conducta (Ezequiel 36:22; 1 Pedro 2:12).


3 ¿Qué motivos tenemos para conservar la limpieza? Para empezar, sabemos que Dios ama a las personas limpias. Además, nosotros amamos a Jehová y queremos honrarlo con nuestra entera forma de vivir. Por último, deseamos mantenernos por siempre en su amor. Examinemos, por lo tanto, algunos aspectos sobre la limpieza: por qué es necesaria, qué implica y cómo podemos conservarla. Esto nos permitirá ver si debemos mejorar en algún campo.



POR QUÉ ES NECESARIA LA LIMPIEZA

Jesús pasaba el día en lugares sucios y polvorientos, sin embargo siempre estaba inmaculadamente vestido y olía bien

4 Jehová nos enseña de diversas maneras. Una de ellas es dándonos el ejemplo a seguir. De hecho, la propia Biblia nos invita a ser “imitadores de Dios” (Efesios 5:1). En vista de lo anterior, ¿cuál es la razón más importante para librarnos de toda suciedad? Que adoramos a un Dios completamente puro, santo e inmaculado (Levítico 11:44, 45).


5 La pureza de Jehová, como tantos aspectos de su forma de ser y actuar, se ve claramente al examinar la creación (Romanos 1:20). Tomemos como ejemplo nuestro hogar, la Tierra. Jehová la ha dotado de los medios necesarios para que se mantenga libre de contaminación. Así, puso en marcha los ciclos ecológicos que purifican el aire y el agua. Además, creó “brigadas de limpieza” formadas por voraces microorganismos que transforman los desechos en sustancias inofensivas. Cumplen su misión con tal eficiencia, que hasta los científicos las utilizan para remediar las mareas negras y otros desastres ocasionados por la codicia y el egoísmo del hombre. Es obvio que al “Hacedor de la tierra” le interesa muchísimo la limpieza (Jeremías 10:12). ¿No debería ser igual en nuestro caso? Sin duda.


6 ¿Qué otra razón tenemos para permanecer limpios? Que Jehová, nuestro Soberano, siempre ha exigido limpieza de sus siervos. Por ejemplo, la Ley que dio a Israel establecía una relación muy estrecha entre la pureza y la adoración. Así, requería que el sumo sacerdote se bañara dos veces antes de realizar sus funciones en el Día de Expiación (Levítico 16:4, 23, 24). Igualmente, señalaba que todos los sacerdotes tenían que lavarse las manos y los pies siempre que fueran a ofrecer sacrificios a Jehová (Éxodo 30:17-21; 2 Crónicas 4:6). También mencionaba unas setenta situaciones que dejaban al israelita en un estado de inmundicia, o impureza, física y ceremonial. Este estado le impedía —en algunos casos bajo pena de muerte— participar en cualquiera de las facetas del culto (Levítico 15:31). Además, la Ley estipulaba que toda persona que se hubiera vuelto impura se sometiera a un rito de purificación que incluía bañarse y lavar su ropa; en caso contrario, sería “cortada [o eliminada] de en medio de la congregación” (Números 19:17-20).


7 Aunque la Ley de Moisés ya no está vigente, nos permite comprender el punto de vista de Dios. En este código, es evidente que Jehová presenta la limpieza como condición indispensable para adorarle. Y él no ha cambiado (Malaquías 3:6). Hoy, como ayer, acepta únicamente la “adoración que es limpia e incontaminada” (Santiago 1:27). Así pues, haremos bien en examinar qué significa esta exigencia en la actualidad.


QUÉ SIGNIFICA ESTAR LIMPIO A LOS OJOS DE DIOS 


8 La Biblia no limita la limpieza al plano físico. Más bien, señala que para estar limpios a los ojos de Dios debemos mantenernos incontaminados en todos los campos de la vida. En efecto, Jehová espera que demostremos cuatro tipos de pureza: espiritual, moral, mental y física. Veamos qué está implicado en cada caso.


9 Pureza espiritual. Implica no mezclar la religión verdadera con la falsa. Recordemos a los israelitas que estaban cautivos en Babilonia. Cuando fueran a partir para Jerusalén, tendrían que obedecer el siguiente mandato divino: “Sálganse de allí, no toquen nada inmundo; [...] manténganse limpios” (Isaías 52:11). Ellos iban a regresar a su tierra principalmente para restaurar la adoración de Jehová. Por lo tanto, el culto que rindieran tendría que estar completamente limpio de todo lo que ofendiera a Dios, lo que incluía las enseñanzas, prácticas y costumbres de la religión babilónica.


10 Hoy, los cristianos verdaderos también debemos tener mucho cuidado de no contaminarnos con la religión falsa (1 Corintios 10:21). Su influencia está tan extendida que, si nos descuidamos, podría afectarnos. Ciertamente, no son pocos los países donde las doctrinas paganas —como, por ejemplo, la inmortalidad del alma— impregnan un buen número de tradiciones, ceremonias y otras actividades cotidianas (Eclesiastés 9:5, 6, 10). Sin embargo, los cristianos verdaderos no queremos participar en ninguna costumbre ligada a la religión falsa.* Por eso, no podemos permitir que la presión de la gente nos lleve a rebajar las normas bíblicas para la adoración pura (Hechos 5:29).


11 Pureza moral. Este tipo de pureza, que exige, entre otras cosas, evitar toda forma de inmoralidad sexual, es vital para mantenerse en el amor de Dios (Efesios 5:5). Como veremos en el siguiente capítulo, es sumamente necesario que los cristianos “huyan de la fornicación”. De hecho, quienes cometen ese pecado y no se arrepienten “[jamás] heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:9, 10, 18). Jehová los considera “repugnantes en su suciedad” y, a menos que se limpien de su impureza, les dará como “porción [...] la muerte segunda” (Revelación 21:8).


12 Pureza mental. Dado que los pensamientos conducen a acciones, si dejamos que las ideas sucias echen raíces en nuestra mente y corazón, tarde o temprano cometeremos algún acto impuro (Mateo 5:28; 15:18-20). Pero si llenamos la cabeza de ideas positivas y limpias, querremos comportarnos de forma intachable (Filipenses 4:8). Ahora bien, ¿qué nos ayudará a conservar pura la mente? Primero, rechazar cualquier diversión que la contamine.* Y, segundo, absorber buenos pensamientos estudiando con constancia la Palabra de Dios (Salmo 19:8, 9).


13 Como hemos visto, para mantenernos en el amor de Dios, necesitamos conservar la pureza espiritual, moral y mental. Estos tres tipos de pureza se analizan en otros capítulos de este libro. Pero ahora los dejaremos a un lado para centrarnos en el cuarto tipo: la pureza física.



CÓMO MANTENER LA PUREZA FÍSICA

14 Es importante mantener limpios tanto nuestro cuerpo como nuestro entorno. Hay quienes creen que este es un asunto privado en el que nadie tiene derecho a inmiscuirse. Pero el cristiano nunca debería opinar así. Como se indicó al principio, Jehová no solo insiste en la pureza física por nuestro propio beneficio, sino también porque la imagen que presentamos lleva a que la gente se forme una impresión de él. Recordemos al niño del primer párrafo: si anduviera siempre sucio o desarreglado, ¿verdad que nos entrarían serias dudas sobre sus padres? Igualmente, si hubiera algo inapropiado en nuestro aspecto o en nuestra vida, ¿no es cierto que desacreditaríamos a nuestro Padre celestial y al mensaje que predicamos? Hemos de tener siempre muy presentes estas palabras inspiradas: “De ninguna manera estamos dando causa alguna para tropiezo, para que no se encuentre falta en nuestro ministerio; antes bien, de toda manera nos recomendamos como ministros de Dios” (2 Corintios 6:3, 4). Examinemos, por tanto, en qué campos debemos conservar la pureza física.


15 La higiene corporal y el aspecto físico. Independientemente de la cultura y condiciones de vida del lugar donde vivamos, debemos bañarnos con regularidad. Por lo general, todos disponemos de suficiente agua y jabón para asearnos nosotros y nuestros hijos. Y esto incluye lavarnos las manos antes de comer o manipular alimentos, y después de usar el inodoro o cambiar pañales. De esta manera evitamos la propagación de virus y otros microbios, con lo cual se previenen muchos males, como la diarrea, e incluso se salvan vidas. Si en la zona donde vivimos no existen buenos servicios de saneamiento, haremos bien en enterrar las heces, como en el antiguo Israel (Deuteronomio 23:12, 13).


16 También debemos lavar con frecuencia la ropa. Lo importante no es que sea cara o que esté a la última moda, sino que esté limpia y sea modesta, o recatada (1 Timoteo 2:9, 10). En todo momento y lugar, queremos que nuestro aseo personal y nuestro aspecto “adornen la enseñanza de nuestro Salvador, Dios” (Tito 2:10).


17 La vivienda y otras posesiones. Al grado que nos permitan las circunstancias, tenemos que mantener limpio y presentable el hogar, tanto si es bonito y tiene muchas comodidades, como si no. Lo mismo debemos hacer con el automóvil —sin olvidarnos del interior—, sobre todo si lo utilizamos para ir a las reuniones y a predicar. En realidad, hemos de conservar así todas nuestras pertenencias. De este modo, daremos un buen testimonio. Al fin y al cabo, enseñamos a la gente que, como Jehová ama la limpieza, va a “causar la ruina de los que están arruinando la tierra” y va a utilizar su Reino para convertirla en un paraíso (Revelación 11:18; Lucas 23:43). Por eso, el cuidado que demos a la casa y demás posesiones que tengamos debe demostrar que estamos adquiriendo hábitos de limpieza propios del nuevo mundo.


18 Nuestro Salón del Reino. Tratamos con mucho respeto este lugar, pues es donde adoramos a nuestro amado Dios. Queremos que siempre esté impecable y dé una buena impresión a quienes nos visiten. A fin de conservarlo en buen estado, hay que seguir cuidadosamente un programa de limpieza y mantenimiento. Cuando cooperamos en estas labores, demostramos verdadero aprecio por nuestro centro para la adoración pura. Ciertamente, es un privilegio limpiar, “componer y reparar” nuestro salón (2 Crónicas 34:10). Por supuesto, los mismos principios son aplicables a los lugares donde celebramos nuestras asambleas.


EVITEMOS TODO LO QUE CONTAMINE AL ORGANISMO

19 ¿Qué más abarca la pureza física? Evitar toda conducta que contamine al cuerpo. Por eso nos abstenemos de fumar, beber en exceso o consumir sin razones médicas sustancias que creen adicción o alteren el ánimo. Es cierto que la Biblia no menciona por nombre todos los vicios comunes en el mundo actual, pero sí contiene principios que nos permiten entender por qué los considera Jehová inmundos y repugnantes. Veamos a continuación cinco principios que queremos seguir por amor a Dios y que nos llevarán a recibir su aprobación.


20 “Dado que tenemos estas promesas, amados, limpiémonos de toda contaminación de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.” (2 Corintios 7:1.) Como vemos, Jehová quiere que evitemos cualquier cosa que ensucie la “carne” (es decir, el cuerpo) o que corrompa el “espíritu” (o sea, la disposición mental que predomina en nosotros). Por eso, nos abstenemos de todo aquello que cree adicción y perjudique la salud física y mental.


21 En el mismo pasaje, la Biblia nos da una buena razón para “[limpiarnos] de toda contaminación” que podamos tener. Notemos que 2 Corintios 7:1 comienza diciendo: “Dado que tenemos estas promesas”. ¿Qué promesas? Las que Jehová hace en los versículos anteriores: “Yo los recibiré. Y yo seré para ustedes padre” (2 Corintios 6:17, 18). ¡Qué maravilla! Nos promete cuidarnos con el mismo amor que un padre a sus hijos. Pero nos pone una condición: que evitemos “toda contaminación de la carne y del espíritu”. Sin duda, sería una locura que, por algún vicio repugnante a los ojos de Jehová, sacrificáramos el privilegio de disfrutar de tan estrecha relación con él.


22 “Tienes que amar a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente.” (Mateo 22:37.) Jesús explicó que este es el mandamiento más importante de todos (Mateo 22:38). En efecto, Jehová merece que lo amemos con todo lo que somos, pensamos y sentimos. Y para ello tenemos que evitar cualquier conducta que acorte la duración de nuestra vida o que embote el don divino del pensamiento.


23 “[Jehová] da a toda persona vida y aliento y todas las cosas.” (Hechos 17:24, 25.) Como la vida es un regalo de nuestro amado Dios, los cristianos la tratamos con muchísimo respeto. Por eso, rechazamos cualquier conducta que mine nuestra salud. No hacerlo sería una grave falta de respeto por el don de la vida (Salmo 36:9).


24 “Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 22:39.) Muchas veces, la persona que tiene un vicio no solo se perjudica a sí misma, sino también a quienes la rodean. Así ocurre, por ejemplo, con el fumador que expone a los demás al humo de su cigarrillo. Quien se comporta así viola el mandato divino de amar al prójimo y demuestra que en realidad no ama a Dios (1 Juan 4:20, 21).


25 “Estén en sujeción y sean obedientes a los gobiernos y a las autoridades.” (Tito 3:1.) En vista de que en muchos lugares es ilegal poseer y consumir drogas, los verdaderos cristianos no lo hacemos (Romanos 13:1).


26 Para mantenernos en el amor de Dios, no basta con conservar la pureza en uno o dos campos, sino en todo aspecto de la vida. Es verdad que pudiera ser muy difícil dejar un vicio y no volver a caer en él; pero se puede lograr.* No hay nada mejor que llevar una vida limpia. Ciertamente, si nos lo pide Jehová, es por nuestro bien (Isaías 48:17). Además, nos brinda la satisfacción de saber que damos un buen testimonio del Dios al que tanto amamos y que tanto nos ama.

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